19 mar. 2018

La Muerte - La Función Opresora del Sistema

El Sistema encadena hacia la muerte. 

Cada muerte, para el Sistema, es una alegría porque es un luchador menos. Pero no es necesario referirnos a la muerte física, que no es otra cosa que la finalización del corto ciclo de vida. Hay otros tipos de muerte, que se suceden dentro de la vida. El fin de la posible concreción de ideales, o el fin de añejos anhelos, de asir verdades irrefutables, es también morir. Sin olvidar que para muchos, la muerte significa la fuga final, la evasión última, la abolición de los tormentos. 

El Sistema propone dos trampas, y dice: “O bien más allá de la muerte no hay nada, o bien desde antes de nacer ya se tiene alma, en cuyo caso habrá que conservarla en buen estado” -es decir, hacer lo que él dictamine- para que luego pueda "beber de la eternidad". Además, es tan oculto este tema que cualquier cosa que se diga ofendería seriamente. 

Es evidente que no puede haber una modificación si se piensa en esa dirección. 

La muerte es el correlato de la violencia. Cuanta más violencia haya, más cercana estará la muerte. 

¿Por qué hoy hay tanta violencia? ¿Es que nadie puede sacarse de encima ese temor, esa incertidumbre que puede ser una magnífica justificación al decirse: "¿a qué hacer algo, si puedo morir mañana, y si lo hago no estaré para verlo?"? 

Pero si se emprende la tarea de asumir la existencia, no de postergarla; de llevar adelante un joven vitalismo poderoso, de mantenerse en la voluntad de ser, ¿a dónde van a parar los temores y las angustias frente a la muerte? Si de repente se comienza a crear un mundo paralelo, un intramundo dentro del mundo que decae, un "alma" egregia dentro de los cuerpos vacíos; ¿qué queda de esa incertidumbre agobiante frente a la evidencia de la brevedad de la vida, cuando cada momento puede ser trascendente de la ordinaria decadencia? 

El temor a la muerte en un hombre joven es aparentemente inexplicable, pero internamente sí se entiende. Hay temor y angustia porque hay vacío, porque todo lo que había en pie ha decaído; han decaído los mitos, la fe, ha muerto Dios. Ha decaído la significación del lenguaje, no se tienen coincidencias, no hay nada en común; hay un vacío, una soledad, un desierto que de vez en cuando ofrece un espejismo. Por eso hay jóvenes que han perdido el tono vital y transitan desganados por las ciudades llenas de reflejos, de brillos ajenos. Por eso a este joven le preocupa la muerte; pero que no se engañe, que no es la vida más allá de la muerte lo que le preocupa, sino la vida más acá de la muerte, la vida que cree que tiene por su organismo, pero que no tiene en su alma, que está desilusionada y por ello enferma y débil. A este hombre, en este punto, le urge crear algo sincero y real, no para mañana sino para hoy. ¡Para ya! 

Debe recoger las escasas fuerzas que le quedan para empezar, empezar esperanzado y con miedo a fracasar, porque lo ha conocido numerosas veces y ya está cansado, cansado de engaños y de mentiras. Este joven hombre quiere un alma, un alma nueva, egregia, construida con su propio esfuerzo y con ayuda de sus semejantes, esta alma de la que ha oído hablar pero de la cual no tiene ni idea. Pero supongamos que el alma es aquella que da coherencia y sensatez, que da poder y fuerzas, que es individual y a su vez el centro del Universo, que pertenece al espíritu inmortal del hombre. Para esa alma saldrá el Sol. Para esa alma se trabajará desde el amanecer. Para esa alma vendrá todo lo demás.
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Silo

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