12 mar. 2014

El despertar de la humanidad

Cuando hablo del nivel de conciencia de la unidad, que he caracterizado como el despertar de la mirada interna, me refiero a un modo de estar y de ser al que accedo sin mayor esfuerzo y que se instala en mí, como sucedió a nuestros antepasados homínidas con el sueño y la vigilia. Menciono un estado que supera la vigilia y hace prever un gran cambio.
Si me retrotraigo a un tiempo original y observo el surgimiento del Universo, la condensación de la materia, el nacimiento de la vida, la coordinación de la conciencia, me parece conectar con un impulso evolutivo que desde partículas muy simples elabora momentos cada vez de mayor complejidad. No parece que en este espiral de la creación, lo creado haya intervenido alguna vez para colaborar con esa intención que lo antecede. Ese impulso, hasta ahora, ha sido suficiente para que por combinaciones mecánicas, químicas y biológicas brote toda la existencia, incluso la vida y las especies. Hasta que apareció el ser humano.
De aquí en más este ser comienza por medio de su acción la conquista de sí mismo y la conquista de lo natural, y para ello acumula su historia, traslada el tiempo en las generaciones, y reflexiona sobre su origen y sentido.
Si es correcto que la superación del sufrimiento y del temor a la muerte es una necesidad, nuestro próximo paso será lograr la conciencia de la unidad. Pero esto ya no por evolución natural, sino, y de ahora en más, la misma humanidad se hará cargo de su destino. No sólo en cuanto a los avances científicos y técnicos que mejoran el dominio sobre la naturaleza, sino en cuanto al propio desarrollo psíquico y espiritual.
De lograrse este cambio en pequeños grupos, de seguro tratarán de influir el proceso histórico, en la ciencia, el arte, la técnica, la religión. Buscarán crear condiciones sociales equilibradas para multiplicar ese mayor grado de conciencia en los grandes conjuntos.

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